El pan es sabio testigo de nuestros actos

¿Es el pan bueno o malo? ¿engorda, o no si no untamos con él?… el asunto tiene miga. Se trata de un alimento que suscita dudas, polémica, es víctima de malos y buenos tiempos. Pero se ha labrado una reputación, y nos hace compañía en las comidas y más en los viajes, ¿o qué sería de nosotros sin los bocatas de travesía?. Está ahí, siempre lo ha estado, completo, fácil de comer (porque hacerlo bien tiene su aquel), está rico, es nutritivo y saciante. El pan nuestro de cada día, santificado y venerado. Ha cerrado muchas bocas y callado estómagos hambrientos de justicia. Espectador de nuestra Historia desde sus orígenes, allá por el Neolítico, cuando dieron con la fórmula mezclando simples semillas y cereales con agua , pasando por la Edad Moderna y sus conflictos en tiempos de revolución y de guerras, hasta el menosprecio y desprestigio que sufre en la actualidad porque queremos andar por la vida con paso ligero y peso pluma.

Pan para hoy y hambre para mañana

Durante los años previos a la Revolución Francesa la dieta de los pobres franceses se basaba en pan y poco más. Pero los inadecuados métodos de distribución y las prácticas agrícolas anticuadas causaron una crisis de escasez y los precios se dispararon. A esto se le sumó la Pequeña Edad de Hielo ocurrida durante el invierno de 1788 a 1789, en la que los transportistas se encontraron con los canales completamente helados y los ríos sólidos. A esto le siguió el deshielo de la primavera que arrasó con los campos recién plantados, y una tormenta de granizo posterior aplastó los cultivos (un fin del mundo a la antigua). Todo este ciclo catastrófico tuvo horribles consecuencias en las cosechas de trigo que marcaron el transcurso de todo el periodo revolucionario. Los precios del pan aumentaron un 88 por ciento en 1789, llevando a la mayoría de los franceses a una situación de subsistencia en la que sus ingresos iban destinados exclusivamente a cubrir el alimento y albergue propio y de sus familias. Los gobiernos locales trataron de mejorar los canales de distribución y de normalizar los altísimos precios, pero la pavonería, arrogancia y excesos de la nobleza y el clero no ayudaban en absoluto a calmar los ánimos de un pueblo hambriento que saldó sus cuentas pocos años más tarde.

Sin salirnos de contexto, Napoleón Bonaparte, bien sabedor de la importancia de la logística en sus tropas, creó un cuerpo especial de panaderos (sappeurs blancs). Así los soldados comían a diario un pan cocinado dos veces que tenía la capacidad de durar más. Tan importante era para la batalla que un fallo en el aprovisionamiento, a causa de la dureza del invierno, causó la desastrosa invasión napoleónica de Rusia en la que le fue imposible al general entrar en Moscú.

Más largo que un día sin pan

Bien es sabido lo devastadora que fue la Guerra Civil en nuestro país, durante la cual la hambruna fue una de las plagas que más fuerza tomó. En 1936 empezaron los síntomas de escasez en productos como el trigo, la carne y el carbón. El alimento que nos ocupa empezó a faltar de forma alarmante en los primeros meses de 1937 hasta llegar al racionamiento en marzo del mismo año. Se fijó en cantidades que oscilaron entre los 50 y 150 gramos, y eso cuando se pudo disponer de él, porque en 1938 la situación se extremó. La base de la alimentación consistió en arroz, algunas legumbres como lentejas, aceite, etc. También verduras, hortalizas y otros productos como alfalfa o bellotas. A medida que fueron escaseando, la sociedad recurrió a sustancias insospechadas, sacando partido a todo tipo de hierbas, cardos borriqueros, mondas de naranja o elaboración de tortillas sin huevo.

Eso es pan comido

No sé si habéis visto La hora de los valientes de Antonio Mercero, concretamente una de las escenas en la que los franquistas lanzan panes desde los aviones. Se trataba de una campaña propagandística, ya que por miga escondían un mensaje que decía así:

Este es el pan de la España de Franco, el que guardamos en nuestros graneros para compartirlo el día de la liberación con nuestros hermanos cautivos.

Pues bien, lejos de la mera fantasía, parece ser que este suceso se dio. Al menos así lo atestigua una carta que data del 20 de octubre de 1938, dirigida al ministro nazi de propaganda Joseg Goebbels y firmada por un tal Kröger, hombre de confianza de la embajada alemana entonces establecido en Salamanca. Ésta dice así:

A fin de ganarse a la población hambrienta de los territorios rojos para la Causa Nacional, últimamente los aviadores franquistas han lanzado cientos de miles de panes sobre Madrid, Alicante y Barcelona. Los panes, envueltos individualmente en bolsas de papel, fueron lanzados en sacos atados a paracaídas. Las bolsas están decoradas con los colores de la España nacional y llevan la leyenda:

No nos interesa lo que pensáis. Nos basta con saber que sois españoles y que sufrís. En la España nacional, una grande y libre, no habrá hogar sin fuego ni familia sin pan.

Y aunque los gobernantes rojos anunciaron enseguida que estos panes estaban envenenados y no se podían comer, como es natural la población residente en la zona roja se lo ha comido con mucha alegría. Un desertor del frente de Madrid me dijo hace poco que ese anuncio radiofónico se debía únicamente a que los líderes rojos quieren todo ese pan para ellos.

Hablamos de harina y agua, tan pocos ingredientes y tanto de qué hablar. Una profesión bautizada, masas al alba, hechas con empeño y sudor, saboreadas con gusto y saliva. Como los Mayas dicen, el transcurso del tiempo es cíclico, quizás ocurra lo mismo con su popularidad, quizás el tiempo nos lo enseñe, o quizás ni haga falta que nos lo enseñe.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Juan Carlos Perez Usandizaga dice:

    Cada vez escribes mejor. He leído y releído este artículo, por lo bonito que es y lo que enseña. Quieres decir que el pan también forma parte de la dieta gastronómica equilibrada y sana. ¡Qué respiro!. ¡Gracias!. En el pueblo donde yo vivo hay tres visitantes que tocan la bocina cuando llegan, fuerte y de forma repetitiva; El chatarrero, el del butano y el panadero.

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