Carne cien por cien humana

Hace poco os hablaba sobre la posibilidad de introducir los bichitos en nuestra dieta. Habrá opiniones de todo tipo, como gustos de toda clase. Pero el tema que traigo hoy es mucho más delicado y más polémico, me refiero a la antropofagia: o el acto de comer carne humana. ¿Quiénes lo practicaban y dónde?, ¿por qué?, ¿qué les llevó a hacerlo?, ¿cómo lo hacían?.

He intentado encontrar las respuestas a todas estas preguntas, y mientas lo hacía, los sentimientos que se me generaban no eran para nada agradables. Hay confesiones verdaderamente espeluznantes guardadas de misioneros que presenciaron actos caníbales. He seleccionado uno de ellos que creo es el más esclarecedor. Para los valientes, las lineas que siguen.

Muchas sociedades del nivel de las bandas y aldeas requerían el consumo de una parte de los restos de los parientes muertos. Lo que hacían era quemar el cuerpo del difunto, recoger sus cenizas y guardarlas en recipientes para ingerirlas posteriormente mezcladas con un brebaje. Algunos grupos amazónicos aguardaban hasta 15 años antes de exhumar los huesos y triturarlos. Otros comían las cenizas. Los cunibos quemaban únicamente el pelo de los niños muertos y tragaban las cenizas mezcladas con alimentos de caldo de pescado.

En Nueva Guinea, los ritos funerarios de los forés obligaban a las mujeres de la familia del difunto a enterrar su cadáver en una sepultura poco profunda. Más tarde exhumaban los huesos y los limpiaban, pero no comían la carne. Durante la década de 1920 cambiaron de costumbre. Dieron en exhumar el cadáver transcurridos dos o tres días y empezaron a comerse todo el cuerpo, deshuesado y cocinado en cilindros de bambú junto con hojas de helechos y otros vegetales. Una explicación razonable puede ser el hecho de que las mujeres consumían diariamente sólo un 56% de las proteínas recomendadas, cuya totalidad procedía de alimentos de origen vegetal. Los hombres se reservaban la carne de los animales grandes, dejando la caza menor y los insectos para las mujeres y los niños.

A éste se le podría denominar “canibalismo funerarío”, pero hay otro que fue mucho más extendido y que causó el terror entre los conquistadores, el “canibalismo bélico”.

En el siglo XVI lo practicaban los tupinambas, tribus de la selva de Brasil. Los misioneros jesuitas allí enviados escribieron cientos de páginas en cartas e informes sobre esta práctica, como las del padre José de Anchieta en 1554: “si capturan a cuatro o cinco enemigos suyos, regresan para devorarlos en un gran festín…, tal que ni siquiera las uñas se desperdician”.

El más largo y detallado testimonio ocular sobre tortura y canibalismo se refiere al trato que recibió un cautivo iroqués en 1637. Se encontraban allí presentes tres misioneros, y cuentan que durante dos días sus apresadores lo cuidaron con esmero, le limpiaron las heridas y le dieron de comer frutas, cidra cayote y carne de perro. Después le hicieron atravesar un pasillo humano que se extendía de punta a punta de la casa, mientras lo golpeaban con objetos en llamas.

“Muchas veces lo paraban en la otra punta de la cabaña y algunos cogían sus manos y rompíanles los huesos[…]si acabada la vuelta deteníase a recobrar aliento, poníanlo sobre cenizas calientes y brasas ardiendo”.

En la séptima vuelta a la cabaña, el prisionero se desmayó. Entonces, el jefe intentó reanimarlo: derramó agua sobre su boca y le dio de comer raíz. “Tan pronto como dejaba de proferir alaridos, empezábanle a quemar de nuevo, y así hicieron siete u ocho veces”. Finalmente el prisionero volvió a desmayarse, y esta vez lo mataron, desmembraron y devoraron.

Los tupinambras, los hurones o los iroqueses no hacían la guerra para conseguir carne humana; la conseguían como producto lateral de hacer la guerra. Además tenía su “compensación”, la tortura en sí tenía su propia y brutal economía. La utilizaban para adiestrar a sus jóvenes a ser agresivos e implacables con el enemigo y los acostumbraba al fragor del combate.

El abandono del canibalismo bélico vino del deseo por parte de los gobernantes de crear sistemas imperiales expansionistas. Al asegurar al enemigo que la rendición no le llevaría a ser objeto de inmolación y consumo, obtenían una gran ventaja psicológica. En otras palabra, la renuncia al canibalismo bélico formó parte del desarrollo general de los sistemas éticos y morales característicos de los estados imperialistas.

En un pueblo de gran tradición caníbal como el de Oceanía, se rentabilizaron los prisioneros de guerra convirtiéndolos en contribuyentes y campesinos en vez de en carne comestible.

Pero hay una única civilización en la que la supresión del canibalismo bélico no se dio, la azteca. ¿Por qué?. Lo intentaré explicar brevemente en la próxima entrada.

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