Marzo huele a Oriente

Es domingo, hace un día precioso y he quedado para comer. Concretamente en el restaurante Shibui, digamos que el único de alta cocina japonesa de Bilbao. La ciudad se va abriendo poco a poco a nuevos tipos de cocina pero sí es verdad que cuesta, y es que la fama de cabezones que nos precede nos la ganamos a pulso.

El concepto Shibui nació en Barcelona hace más de 10 años de la mano del maestro de cocina japonés Kazutoshi Komuta, quien busca la innovación sin perder la esencia de lo que hace especial a la comida nipona.

Su local hermano en la ciudad vasca abrió sus puertas hace dos años y medio, donde los platos comparten protagonismo con el espacio. Una decoración que mezcla el estilo asiático con el europeo, llena de fuerza y jugando con los contrastes de luz. Destacan las cuerdas que cuelgan del techo con la calidez de la madera en mesas y sillas. Nadando todo en un mar negro y creando así una ilusión sobresaliente, como si estuviese dispuesto para que tu atención no se desvíe hacia otra cosa que no sea aquello que tu comida desvela.

Una vez sentados, da comienzo la obra.

Para empezar pedimos sushi y sashimi moriawase (variado).

La calidad del pescado es bastante buena, además de estar muy bien cortado. Lo puedes comer fácilmente ya que las láminas no son ni demasiado gruesas ni demasiado grandes. El salmón se deshace en la boca.

Tras el entrante tuvimos muuuucho tiempo para digerirlo, no sabemos bien si por error del servicio o por saturación en la cocina. Lo compensaron con unas disculpas y gyozas de cerdo a forma de figurantes.

Sí, había hambre

Nos supieron a gloria. Hechas al vapor y luego a la plancha para darle el toque crujiente, acompañadas de salsa de gyoza: soja, vinagre de arroz, dashi y aceite de sésamo.

Es el turno del siguiente, el protagonista. Elijo un surtido de pescado a la vinagreta: salmón con huevas, langostino con alga agar-agar, sepia a la plancha con sésamo negro y atún con rabanito.

Destacar la salsa que acompaña el plato (no se aprecia en la foto), de sabor dulce y salado que contrasta a la perfección con los pescados sin desfavorecerles en nada. Quizá un poco escaso, aunque he de decir que es más bien un plato de entrante que de principal.

Esto se termina. Y entran en escena todos al mismo tiempo, protagonistas, secundarios y extras. El momento del postre. Canutillos de piña rellenos de crema de umeshu (licor de ciruelas) con helado de sésamo y harina de cacao.

Es la decepción. Los canutillos sosos, parecen el típico postre hecho por alguien sin mucha maña que desempolva el libro de cocina de “Editorial Planeta” de páginas amarillentas y olvidado hace años. Algo así. Sin embrago el helado de sésamo riquísimo.

Recomiendo este otro postre de mochi (pasta de arroz glutinosa y dulce) de vainilla (o té verde, o chocolate, si tienen) con helado de frutos rojos y arroz con leche (muy japonés).

A pesar del pequeño caos ocurrido al comienzo con el servicio, la comida fue cogiendo ritmo y colorido. Además los camareros lo supieron compensar con su amabilidad.

Como aplausos y ramo de flores que cierran toda obra, el clásico té verde que tanto entona y asienta el cuerpo. Perfecto para una salida triunfal de semana.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Juan Carlos Perez Usandizaga dice:

    Doy fé de todo lo que escribe Victoria. Yo no saboreé tanto el entorno, que era muy original (las vistas al patio de la antigua Iberdrola, están muy aprovechadas), ni me entero del todo lo que lleva un plato cuando te lo traen. Te lo recitan pero se me escapan muchas cosas. Ya iré aprendiendo.

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