Lo que encontré en la medina

El año que estuve de Erasmus busqué bastantes viajes que poder hacer a un precio económico, uno de ellos fue a Fez. Vuelo de bajo coste y alojamiento baratísimo en un precioso rihad. Allí desayunábamos cada día sentadas en largos sofás disfrutando del frescor que las plantas y los azulejos daban al patio. Pan, tortitas, mermelada, té…, todo el que quisieras y tratadas de esa forma en la que lo hacen en algunos lugares de Marruecos.

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Ya había estado en el país muchos años atrás, cuando visité varias ciudades montada en un autobús. Fue toda una experiencia que no pude disfrutar como me hubiese gustado gracias a una fuerte gastroenteritis (un filete empanado fue el culpable). Pues bien, y volviendo al año 2012, ese viaje me dio la oportunidad de conocer Fez, recorrer su inmensa medina y mirar de frente las cabezas y lenguas de vaca bien colocaditas y admirar todo ese espectáculo de colores repartido entre frutas, verduras y especias. Olores a cuero, a tierra, a rancio pero al mismo tiempo al dulce de los dátiles te crean sensaciones de todo tipo, y es que allí la estimulación sensorial es máxima. Entre el calor y el ajetreo no sentíamos mucho el hambre hasta que nos sentábamos, nos relajábamos y empezaban a traernos esos inmensos platos humeantes, entonces era otra la historia.

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Tuvimos la suerte de conocer a cuatro chicas nativas que hicieron de perfectas guías. Recuerdo que el primer día nos llevaron a un restaurante en el que primero pasabas por la cocina donde saludabas a todos ellos y después de ver lo que había en las ollas elegías lo que te apetecía comer. Para ellos es de muy mala educación no terminártelo todo y tienen la costumbre de comer bastante rápido lo que era un tanto agobiante, pero no podías hacer otra cosa.

Una comida que recuerdo de forma especial fue la que hicimos en casa de una de ellas. Llegamos, nos presentó a la familia y nos invitaron a quedarnos, no podíamos decir que no, además estábamos hambrientas. La madre tenía de todo preparado: aceitunas, confituras, tortas que mojar en aceite, verduras asadas… Fue un verdadero banquete que nos dimos nosotras solitas mientras ellos nos observaban. Felices, no podíamos hacer mas que agradecérselo y halagar a la cocinera una y otra vez.

Mientras hacíamos la digestión, ellos rezaban y nos daban conversación contándonos sus ilusiones, su vida; la gente marroquí puede ser muy sincera y extrovertida cuando te ganas su confianza. Esa fue una tarde de verdad inolvidable.

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Esas chicas nos dieron mucho durante esos días, mucho más de lo que cualquiera podría pedir. Lo hicieron de una forma totalmente desinteresada y disfrutaron viendo como nosotras disfrutábamos conociendo su ciudad. Nos escuchaban y no podían evitar sentir envidia de muchas de nuestras historias porque ellas querían viajar, querían ver mundo y que por una vez fueran las huéspedes. Conocer a gente extranjera les daba la posibilidad de descubrir otras realidades y sentir más cercano el viaje. No sé qué será de ellas, si seguirán caminando por la medina o escuchando la llamada al rezo, pero estén donde estén o hagan lo que hagan deseo que la vida les vaya bien.

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