Una comida que esperamos, ocurrió, y se fue

Al final siempre vuelve a salir el Sol para después volver a esconderse. Pasan las estaciones, pasa un ciclo y otro, empieza una nueva etapa por haberse esfumado la anterior.

Esperas esa fecha, llega, la vives y termina para que pueda llegar otra.

Cambias de opinión, de gustos, te refinas y te brutalizas. Aparecen las nubes de tormenta, negras, esas que lo tiñen todo de gris, descargan, empapan, provocan que la gente corra, y, de pronto, termina; las nubes se van, llega la calma, sale el Sol que lo seca todo.

Florecen los árboles, te hacen estornudar, se quedan calvos y flacos hasta que salen los nuevos brotes.

Y así otra estación, otro ciclo y nueva etapa. Porque si hay algo de lo que no podemos escapar es del paso del tiempo; nadie, ni el mas rico, ni el desdichado, el sabio o el torpe.

Y como todo pasa, deja rastro, el rastro de los años, el de la experiencia, ese que no se puede limpiar, ese que no se esfuma, y se hace tuyo. Tal frase, tal gesto, comida, luz, olor o risa.

Hay veces en las que tu memoria es caprichosa y parece que quiere que repares en un momento concreto, lo hace recurrente a tu recuerdo y así lo vives y lo revives sin apenas esperarlo.

Esto es lo que me ha pasado hoy, he revivido una comida que ocurrió hace ya unos meses. Nos la preparó un buen cliente del restaurante. Fue en su casa, un lunes, una casa amplia, luminosa y con una bodega de sueño. A nuestra llegada nos ofreció champagne y embutidos mientras terminaba algunos platos y nos contaba historias, nosotros, mientras tanto, escuchábamos y nos dejábamos mimar.

Una mesa cuadrada, grande, almejas con algas acompañadas de generosos de esos que te transportan a un campo de albero. Aparecieron unos “stortini” caldosos con setas y un vino tinto italiano que nos dejó locos. Nosotros entregados admirando la sutileza con la que lo había hecho todo y la armonía que lo envolvía. Terminó la comida con rabitos y cigalas en un consomé perfectamente hecho. Y llegó la tabla de quesos, perfecta para alguien que cree que terminar con comida muy dulce convierte el final en algo pesado. La tarde había entrado resplandeciente. Un vino floral y lleno de higos secos alargó la sobremesa.

Entre tanto, apareció su familia, unos volvían del trabajo y otros del colegio, y yo pensaba, “aquí estamos siete chavales que apenas conocen, un lunes cualquiera en su comedor”. Ellos abrieron las puertas de su más escrupulosa intimidad sin ningún tapujo, sin nada mas que la naturalidad. Había mucho cariño invertido en esa familia y la luz no solo entraba por las ventanas.

Y ahora, sin esperarlo, acabo de darme cuenta de por qué me viene a la mente este recuerdo de forma tan recurrente… Nada es por casualidad, ni ese Sol que se esconde, ni esa gente que corre, ni esa comida que vuelve y vuelve… y se va.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. esther bravo dice:

    Me has emocionado. He leído esta entrada. que se me había pasado, oyendo la música que ofreces. Todo puro sentimiento. ¡Qué suerte conocer personas que paso a paso, día a día, sin buscarlo, hacen de su vida una obra de arte!

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