El desayuno en el París de Luis XV

Qué mejor forma de conocer el desayuno de aquella época que a través del arte, ese Instagram de antaño.

El desayuno. François Boucher. 

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Este cuadro se pintó en París en el año 1739, un buen momento para los franceses: Luis XV no estaba inmerso en ninguna guerra, había buenas cosechas y aumentaban el comercio y la industria. Boucher retrata aquí a los miembros de una rica familia burguesa tomando el desayuno.

El hombre de verde sería el criado quien, seguramente, ha traído de la cocina la jarra envuelta en una servilleta blanca, o podría también venir de la calle ya que en aquella época las bebidas calientes de moda, como lo eran el café, él te y el chocolate, se vendían ya preparadas en comercios especializados. Incluso en ocasiones los vendedores ambulantes ofrecían por las calles infusiones medicinales y las subían a las casas. A partir de las nueve de la mañana se podían ver camareros cruzando las calles para llevar el desayuno a los hogares.

La bebida del cuadro no es café sino chocolate; se adivina por la jarra plateada con el asa recta, boca ancha y corta para poder controlar mejor las raciones. Esta bebida se consideró símbolo de clase adinerada desde que Ana de Austria, una princesa española, se convirtió en reina de Francia e introdujo el chocolate en la corte francesa. El café, sin embargo, se relacionaba con la clase trabajadora.

Otro detalle a destacar son las elegantes y delicadas tazas de porcelana china de la mesa que no tienen asas y por lo tanto queman, es por esto que las damas utilizaban cucharilla.

Resulta sorprendente que los niños puedan estar junto a su madre en el tocador. A los niños los cuidaban los criados, y los aristócratas y burgueses ricos volvían a mandar fuera a sus hijos a los siete años, a las niñas al convento y a los niños al internado de los jesuitas.

A los niños no se les consideraba personas, se equiparaban a los animales y solo con una educación dura se los podía sacar del reino animal. Además amamantarlos se consideraba “una porqueria”. Uno de cada tres niños que los padres confiaban a una nodriza no volvía, y de los que se quedaban en casa moría uno de cada cinco.

El gran cambio tuvo lugar en 1762, el año en el que Jean-Jacques Rousseau publicó “Emilio”, donde defendía el que las madres amamantaran a sus hijos y que los niños pudieran desarrollarse libremente bajo la protección y el cuidado de los padres.

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