El poder del disfrute

Aunque ahora dedique la mayor parte de mi tiempo a menesteres gastronómicos, lo cierto es que me formé académicamente para ser profesora de infantil. Obviamente me gustan los niños, sobre todo su naturalidad, su libertad y también su astucia. Siempre he creído que la mayoría de los adultos les consideramos más estupidos y dependientes de lo que en realidad son. He sido testigo en innumerables ocasiones de niños que se comportan de una forma cuando van de la mano de su madre y, sin embargo, al soltarle ésta y dejarle en el aula con el resto de compañeros adoptar un rol completamente diferente; mucho más independiente y decidido. Porque si hay un rasgo común entre los más jóvenes es que son chantajistas como los que más.

En los días que ocurren, no hay mucho tiempo para la observación ni la dedicación. Se vive más bien por inercia entre caminos que ni nosotros sabemos de qué están hechos. Por ello, y cuando hablamos del mundo infantil, es difícil participar en su evolución y enriquecimiento personal. Es sabido que educar implica tiempo y paciencia, dos valores convertidos en bien de lujo. Nadie es culpable de ello, no pretendo juzgar, cada uno vive como es capaz de hacerlo. Y con esto, sigo.

Me centro ahora en el tema de los niños y la comida. En el restaurante en el que trabajo puedes leer en la entrada una frase que reza: “no se admiten niños, salvo que sepan comer”. Tenemos un número muy limitado de comensales y no podemos permitirnos ese lujo. Además, la nuestra es una casa a la que uno viene a disfrutar, y me refiero a disfrutar comiendo y bebiendo, manchándose, sintiendo los aromas, saboreando los contrastes, sonriendo y corriendo el riesgo de que al final sientas como se te ensancha el pecho de pura satisfacción.

image.jpeg

Sin embargo, surgen ocasiones en las que nos visitan niños que nos dejan con la boca abierta. Pequeños (desde los tres años) que devoran, casi sin tomar aliento, y a los que ni siquiera hay que pedirles que coman con las manos (cosa que hay que rogar a diario a los adultos) porque les sale de forma innata. Esos son momentos que se viven como una lección de vida y ocurre porque su paladar está educado para ello. No es que crea que un niño que valora esta comida sea mejor que otros sino más bien lo considero un afortunado ya que, de esta forma, posee una herramienta para el disfrute muy valiosa.  La comida, y el poder disfrutar con ella, nos genera una satisfacción sorprendente. Es más, no puedo ni numerar las veces que he visto a gente entrar en el restaurante con la cara torcida y, a medida que se sucedían los platos, cambiársele el gesto de una forma significativa hasta incluso salir feliz y sonriendo. Tener esa capacidad de disfrute es, sin duda, un regalo de los sentidos.

Creo que todos estos son motivos más que suficientes para motivar a los pequeños a probar todo lo que esté a nuestro alcance. Además, vivimos un momento en el que la variedad de oferta es abrumadora, aprovechémosla. Quién sabe, igual cuando nosotros seamos mayores y nos encontremos cansados sean ellos los que nos animen a volver a disfrutar de cosas que desconocíamos.

image.jpeg

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s