El hábito del café y la escritura

Las mañanas tienen algo de mágico, algo de reparador  y placentero. Suena el despertador, lo apagas y automáticamente conectas con el nuevo día. Después, salir de entre las sabanas calientes, levantar la persiana y que entre toda la luz. Preparar el desayuno y terminarlo con café. Un día sin café es un día raro.

Empecé a tomarlo de verdad durante los meses que viví en Italia, y digo de verdad porque hasta entonces me conformaba con aquellos brebajes de máquina tan típicos en la época universitaria. Sin embargo en Italia descubrí el gusto por el café fresco, recién hecho y con apenas un poco de azúcar. Por supuesto nada de leche, allí está tan bueno, o yo estaba tan embaucada por el estilo de vida italiano, que añadirla me parecía un sacrilegio.

Despues, en Londres, comprábamos latas de café molido Illy y mi amiga me lo dejaba ya preparado todas las mañanas. Allí sí que se le añadía algo de leche, y fuera de casa me costaba mucho encontrar un buen café. A no ser que se tratara de un local dedicado al tueste y molienda del mismo lo que bebía era un líquido parecido y camuflado tras mucha crema y leche.

En Bilbao, mi ciudad natal, puedes toparte con varios lugares donde lo preparan con gusto como en la Heladería Alaska o en el Monterrey. Servidos en tazas normales, más bien pequeñas y vividas, con un café potente y leche caliente con su capa de espuma ligeramente cremosa.

Ahora, en Madrid, lo que más me gusta del café es disfrutarlo sentada en una mesa del Mur o Federal y pasar el rato con un boli en la mano y llenar hojas en blanco. Las cafeterías tranquilas son lugares ideales para la concentración e inspiración, prueba de esto es la profunda e histórica relación entre esta bebida y los escritores. Como es el caso de Balzac quien podía llegar a consumir hasta 50 tazas diarias, y si no disponía de una taza humeante masticaba directamente los granos. Lo cierto es que tenía una rutina de trabajo bastante salvaje, se levantaba a la 1 de la madrugada para escribir y era capaz de estar trabajando 15 horas seguidas.

Truman Capote tenía que escribir tumbado, con un café y un cigarrillo. Conforme avanzaba el día pasaba del café al té, del té al jerez y del jerez a los martinis.

O Marcel Proust quien, y durante su encierro mientras escribía En Busca del Tiempo Perdido, se alimentaba únicamente de café con leche y croissants.

Digamos que en estos casos la adicción se convierte en suelo de la creatividad. Es ese nerviosismo y estado de alerta que te proporciona la cafeína y que tan útiles resultan para tal ejercicio.

Este café cae en el estómago… A partir de ese momento, todo se agita. Las ideas rápidas se ponen en marcha como los batallones de un gran ejército. La pluma se desliza por el papel, el combate, la lucha, llega a una violencia extrema y luego muere bajo un mar de tinta, negro como un auténtico campo de batalla que se oscurece en una nube de pólvora.

Honoré de Balzac

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