Viena da para mucho

Viena ha sido la capital de Austria por más de mil años. Si paseas por uno de sus mercados o Naschmarkt es fácil darse cuenta de la amplísima variedad gastronómica existente, rebosante de influencias de muchos otros países como os contaba en la entrada anterior. La carne es un ingrediente fundamental en su cocina, presente en platos tan típicos como el Wiener Schnitzel (ternera rebozada y frita, tipo filete ruso), el Tafelspitz (carne hervida), el Beuschel (ragout de ternera hecho con pulmones y corazón), o el Selchfleisch (carne ahumada con chucrut y albóndigas).

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Naschmarkt

Lo cierto es que, y a pesar del refinamiento vienés, los platos son bastante pesados y las guarniciones no ayudan ya que rebosan carbohidratos: patatas, pasta, queso horneado… Pero claro, sus inviernos no son como los nuestros.

Si hay algo en lo que los austriacos seguro destacan es a la hora de elaborar tartas y dulces en general. Cómo olvidar la escena de Malditos Bastardos en la que el general Hans Landa engulle sin piedad esa tarta de manzana con nata recién batida, aquella era la famosa Apfelstrudel, un pastel de milhojas relleno de manzana caramelizada. Sin embargo la tarta austriaca por excelencia es la Sacher, de chocolate con doble capa y una muy finita en el centro de mermelada de albaricoque. Existió originariamente una batalla jurídica entre el Hotel Sacher y la panadería Demel, dos establecimientos legendarios de la ciudad, por ello se dice que para averiguar cuál tiene el sabor más original debes probar las dos y comparar.

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Cafe Demel
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Sachertort

Y como típicos son sus dulces también lo son sus cafés, utilizados como lugar de trabajo y socialización de artistas como Karl Kraus (escritor y poeta), Gustav Klimt (pintor) o Adolf Loos (arquitecto).

Pero si hay algo que guste más a sus habitantes que el café es el vino. Austria cuenta con una larga tradición vitivinícola y la grüner veltliner es la variedad de uva predominante sobre todo en las zonas bañadas por el Danubio. Después del final de la Primera Guerra Mundial el país se convirtió en el tercer productor mundial de vino, pero tal crecimiento trajo problemas y la severa industrialización produjo adulteraciones y vinos malísimos que nadie quería comprar. El comercio colapsó en los años 80, pero fue entonces cuando las bodegas se lanzaron a hacer vino centrándose en la calidad más que en la cantidad.

Curiosamente, y debido a un decreto de la emperatriz María Teresa I de Austria de 1784, el vitivinicultor puede vender el vino en su propia casa y sin ningún tipo de licencia para ello. Un libre mercado en toda regla que seguro ayuda a que sus habitantes sean tan aficionados a esta bebida.

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A orillas del Danubio
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Grüner Veltliner

Emperatrices, cortes, palacios, tartas, cafés, chocolate, artistas y vino. No se le puede negar el encanto a esta ciudad. Empecé por Sissi y sus excentricidades, y termino con el comercio vinícola. Porque Viena da para mucho, de eso no hay duda.

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