La Tasquita de Enfrente 

Serafín López, el Gaona, abre en los años sesenta una taberna en la céntrica calle Ballesta y la llama La Tasquita de Enfrente. Pronto se convirtió en el lugar donde comer callos y bacalao. 

40 años más tarde su hijo, Juanjo López, quien trabajaba por ese entonces en el mundo de la empresa privada, afronta la pérdida de su padre y la responsabilidad de continuar con el legado del restaurante. Él, un hombre de negocios, tremendamente disfrutón y al que siempre le había llamado mucho la atención la cocina (fue su padre quien le quitó la idea de dedicarse a ese mundo), decidió parar, abandonar el sector empresarial y profesionalizarse en la restauración. Cumpliendo así una promesa o aceptando una evolución natural. 

A partir de ahí es fácil imaginar los quebraderos de cabeza y conflictos personales que se le debieron presentar. Pero a base de mucho trabajo, un aprendizaje continuo, a base de afrontar desafíos, alcanzó una madurez. De tal forma que La Tasquita se ha convertido en todo un referente de la cultura gastronómica de nuestro país y no hay cocinero que no sueñe con comer en una de sus contadas mesas. 

Emblemáticos son ya sus callos y la ensaladilla rusa cuyo acompañamiento varía en función de la época del año (huevas, yema, erizo de mar…). Pero hay muchos otros platos que son inolvidables, como la anguila ahumada con pera caramelizada, la yema de huevo emulsionada con trufa negra, las ortiguillas o los chipis pasados simplemente por la sartén con el fuego alto. 

Se le llama el templo del producto porque se sabe elegir el mejor y además tratarlo como se merece para que, sobre el plato, sea el verdadero protagonista. Son pequeños bocados que marcan el ritmo de una cocina que hace, cada vez más, gala de influencias asiáticas. 

Evidentemente La Tasquita no se entiende sin su equipo que es para Juanjo su familia. Una prueba de ello es la antigüedad de la gente que trabaja con él. Abraham, mano derecha de Juanjo con quien ha vivido todo el proceso y evolución del restaurante, maneja la sala como nadie y, además, hace unos postres de una técnica y delicadeza ejemplares. Adictivo es su arroz con leche, pannacotta o falsa torrija. 

Lo que me ocurre cada vez que camino hacia el número seis de la calle Ballesta es que sé con total seguridad que esa noche voy a cenar con pasión, que me voy a sentir acogida, que muy probablemente haya algo que me sorprenda, sé que me voy a reír con la ironía de Juanjo o la picardía de Abraham y que incluso descubriré un cuadro en el que no había reparado. Pero sobre todo sé que enfilaré el camino de retorno feliz, inspirada y agradecida por contar con un lugar donde me gusta cómo se cocina y cómo se piensa. 

Larga vida a La Tasquita. 

Falsa torrija. Fuente: latasquitadeenfrente.com
Ensaladilla rusa con ventresca de bonito y anchoa de Santoña. Fuente: latasquitadeenfrente.com
Alcachofas de Tudela. Fuente: latasquitadeenfrente.com
Matrimonio de atún rojo y anchoa de Santoña. Fuente: latasquitadeenfrente.com
Raya a la mantequilla negra. Fuente: latasquitadeenfrente.com
Guisante lágrima de Guetaria con crema de sus vainas. Fuente: latasquitadeenfrente.com
Panna cotta con fresas. Fuente: latasquitadeenfrente.com

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