Harry’s Bar 

Hay veces en las que entras en un lugar y, de pronto, te atrapa. Será por el aura, por la luz, por la gente, o por un poco de todo al mismo tiempo. Entonces piensas, “si, aquí voy a descansar las piernas durante un buen rato”. 

En la calle Vallaresso, junto al Gran Canal de Venecia se encuentra el Harry’s Bar, un lugar con 86 años de historia e historietas a sus espaldas que puede presumir de haber dado de comer y de beber a personajes tan admirables como Hemingway (quien tenía su propia mesa situada en una esquina), Peggy Guggenheim (una enamorada de la ciudad), Truman Capote o George Braque. Sus paredes se alimentan de todas esas almas que allí han respostado y han hecho de este lugar irrepetible, porque lo cierto es que Cipriani’s (restaurantes hermanos del Harry’s) los hay por todo el mundo, pero ninguno como el original. 

Tras una infancia en Alemania, Giuseppe Cipriani se vio obligado a trasladarse a Verona junto a su familia por motivos del fin de la Primera Guerra Mundial, y allí comenzó a trabajar en una pastelería que más tarde dirigió. Saltó de Francia a Bélgica y de allí a Italia hasta finalmente llegar a Venecia y encontrar un empleo como barman en el Hotel Mónaco, situado a tres metros de lo que más tarde sería su bar. 

Giuseppe poseía las dotes que todo gran barman debe poseer, gusto a la hora de beber, discreción y un saber estar exquisito; pero lo que le faltaba para poder volar libre era dinero. Hizo falta paciencia para que éste llegara y lo hizo de manos de Harry Pickering, un estudiante americano a quien Giuseppe había prestado un dinero que años más tarde Harry le devolvió con un incremento de 30.000 Liras sobre su valor inicial en señal de agradecimiento. Ahora sí, tenía todo lo que necesitaba y era feliz. 

Ese mismo año, concretamente el 13 de mayo de 1931, abrió su bar y consideró que llamarle Harry’s Bar sería una buena idea. 

Fue labor de Giuseppe descubrir el Bellini, esa maravillosa bebida de aperitivo que tanto maltratan en algunas barras. El secreto reside en utilizar un buen zumo natural de melocotón blanco, dulce y jugoso y sólo una gotita de sirope o azúcar. Como también se ocupó de inventar el Carpaccio acompañado de esa mítica salsa Cipriani y de una ensalada de rúcula. Pero hay grandes platos que probar como son el pollo al curry con arroz pilaf, las gambitas con aceite de oliva o la tripa con parmesano y polenta. Sin olvidar ese helado de vainilla enorme con galletas de mantequilla y la tarta de merengue que te retrotrae a los cuentos infantiles en los que los niños comían inmensas tartas de mil capas. 

Sin embargo, y aunque sus platos sean deliciosos, lo que alimenta del Harry’s es observar cómo han creado su propia política basada en un alarde de teatralidad italiana, impecable respeto hacia los que consideran sus senadores (=clientes habituales) y una facilidad para hacer de ese lugar la casa de gente tan variopinta como la que pasa por allí, haciéndonos a todos partícipes de lo que ocurre pero dejando al mismo tiempo claro quienes son poseedores de los puestos mandatarios. 


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